La cervecería de Bábel

Gorki amenaza con una escoba al cantante de ópera Feodor Chaliapin. Via places no respectable man would be seen

Gorki amenaza con una escoba al cantante de ópera Feodor Chaliapin. Via places no respectable man would be seen

comillas[Isaak] Bábel me llevó inmediatamente a una cervecería. Al entrar en el local, oscuro y atiborrado de gente me quedé pasmado. Allí se reunían pequeños especuladores, ladrones reincidentes, cocheros, hortelanos de las afueras de Moscú y embrutecidos representantes de la vieja intelectualidad. Alguien gritaba que se había inventado un “elixir de la vida eterna”, lo cual era una cochinada porque, siendo tan fabulosamente caro, nos sobrevivirían todos los canallas. Al principio nadie prestó atención al vocinglero, luego su vecino le dió un botellazo en la cabeza. En otro rincón empezó una riña por una muchacha. Un joven de cabellos rizados tenía la cara ensangrentada. La muchacha gritaba: “No te molestes, Harry Piel, ¡éste es el que me gusta!” A dos borrachos inconscientes los arrastraban por los pies. Un anciano extremadamente cortés vino a sentarse a nuestra mesa. Le contó a Babel que la víspera su yerno quería degollar a su esposa, “pero, ¿sabe usted?, Vérochka ni parpadeó, se limitó a decirle: “Para el carro, por favor”, pues, ¿sabe usted?, mi hija es muy delicada…” No me pude aguantar: “¿Vámonos?” Bábel se sorprendió: “Pero si esto es muy interesante…”

[…] Bábel quería saberlo todo: que sentía su compañero de armas, un cosaco de Kubán, que estuvo bebiendo dos días seguidos y que en su melancolía pegó fuego a su propia cabaña; por qué Mashenka, de la editorial Tierra y Fábrica, empezó a ocuparse de la biomecánica después de ponerle cuernos a su marido; que versos escribía el asesino del presidente francés, el guardia blanco Gorgulov; cómo murió el viejo contable que había visto un día en la ventanilla de la editorial Pravda; qué habría en la bolsa de la parisiense que se sentaba en la mesa vecina; si Mussolini continuaba fanfarroneando cuando se quedaba a solas con Ciano. En una palabra: los más mínimos detalles de la vida.

Todo le interesaba, y no comprendía cómo podía haber escritores faltos de ese apetito de la vida. Me hablaba de las novelas de Proust: “Es un gran escritor. Pero aburrido… ¿sería también aburrido al describir todo esto?” Al señalar el talento de un escritor principiante, el emigrado Nabokov-Sirin, Bábel dijo: “Sabe escribir, sólo que no tiene sobre qué escribir”.

Gentes, años, vida (Memorias)
Iliá Ehrenburg

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