La mejor biblioteca del mundo

La lectura de Acabar de una vez por todas con las lecturas obligatorias me lleva a preguntarme por qué mi experiencia con las lecturas obligatorias no es nada negativa ¿tuve suerte en los libros que me tocaron? Incluso la hora de la lectura en silencio la recuerdo rota con una incontrolable risa de Fandiño, pero risa de esa que al final te duele la barriga, que no parecía que fuera a terminar. La profesora miraba sorprendida al alumno que por mucho que lo intentaba no podía parar de reir. Cuando lo consiguió y se secó las lagrimas de los ojos se justificó con un: “Mi madriña, vaya hostión se pegó el ciego”. Estábamos leyendo, por supuesto, el Lazarillo.

No se si un profesor de Lengua siente más orgullo cuando ve que sus alumnos saben diferenciar las coordinadas de las subordinadas, colocar bien las tildes (lo siento) o conjugar correctamente los verbos (lo siento mucho, de verdad) pero esa expresión visceral, incontrolable y poco correcta políticamente estoy seguro que alegró más a mi profesora que una enumeración correcta de los amos del Lazarillo. A lo mejor fueron profesores así los responsables de que nunca existiera para mi eso de las lecturas obligatorias. Uno de ellos, sin duda el más sabio, me castigó cuando confundí ejercer la crítica literaria con el spam. Esta es la historia.

'Great Explorers of Africa. With illustrations and map'. Via Flickr

‘Great Explorers of Africa. With illustrations and map’. Via Flickr

En 4º de EGB creamos nuestra biblioteca en clase llevando cada niño un libro o cómic que quedaba en depósito durante el curso. Los libros podían ser de cualquier tema, formato o extensión y recuerdo ver algún volumen de Novelas Ilustradas, tomos sueltos de la Biblioteca de Los Jóvenes Castores, tebeos de superhéroes y “libros-libros”. La biblioteca tenía algunas normas:
1.- Todos los libros llevan el nombre del propietario (se había dedicado una clase de “Expresión artística” a protegerlos).
2.- Cada viernes por la tarde se llamaba por filas (cada vez una diferente) y cada uno escogía un libro. Estabas obligado a elegir y llevarte el libro de la biblioteca sin embargo no estabas obligado a leerlo. Si querías dejar el libro bajo el pupitre y entregarlo el lunes no pasaba nada.
3.- Los libros se entregaban la siguiente semana, a más tardar el jueves, pero si por alguna razón necesitabas más tiempo podías solicitarlo al profesor. La condición casi siempre era que informaras al propietario en qué parte estabas y que él diera el visto bueno.

El libro que dejé en la biblioteca era una versión de La isla del tesoro que contaba la historia en las páginas pares con texto y en las impares con viñetas. Tenía buena salida y era raro que si salías en la tercera o cuarta fila estuviera todavía en la Biblioteca, había un gran de orgullo en el hecho de que tu libro fuera uno de los más populares. Otros no tenían tanta suerte y quedaban siempre para el final pese a los esfuerzos de sus propietarios, tus compañeros, por convencerte de que eran buenos. A veces el tamaño, a veces la portada, a veces el “todo texto”, a veces porque era el libro del chapón de la clase y de allí no podía salir nada bueno…

En otras ocasiones te llevabas el libro porque era el de un amigo aunque no pensabas leerlo. Yo lo hice. Incluso cumplí con las trámites que consistían en levantar el libro y mirar para su avalista mientras volvías a tu asiento donde lo abrías con expresión de interés mientras pensabas “esto lo guardo en la mochila y lo devuelvo el martes”. Ocurría, en ocasiones, que el paripé de la atención que te obligaba picotear las primeras líneas te enganchaba y entendías los esfuerzos del propietario porque lo leyeras. Cobraba sentido el entusiasmo de algún apologista de quien creías que sólo decía que el libro le gustaba para que su dueño, que también traía el balón al colegio, lo escogiera antes cuando se hacían los equipos de fútbol.

La siguiente semana mientras esperabas que llamaran a tu fila llamabas la atención de tus mejores amigos en el turno de los que ya elegían:
– ¡Pschh! ¡Seoane! ¡Seo! coge “El zoo de Pitus” que está muy bien.
Un castigo de un lunes sin recreo me costó mi dedicación a la crítica literaria.

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