Thomas Orde-Lees

De izquierda a derecha: Wordie (geólogo y jefe del grupo científico), Cheetham (Tercer oficial)  y Macklin (cirujano de la expedición). "Realmente odio fregar; soy capaz de prescindir del orgullo de casta en la mayoría de las cosas, pero he de reconocer que fregar suelos no es una tarea justa para quienes han sido educados con refinamiento." (Lees, diario)

De izquierda a derecha: Wordie (geólogo y jefe del grupo científico), Cheetham (Tercer oficial) y Macklin (cirujano de la expedición). “Realmente odio fregar; soy capaz de prescindir del orgullo de casta en la mayoría de las cosas, pero he de reconocer que fregar suelos no es una tarea justa para quienes han sido educados con refinamiento.” (Lees, diario)

Combatir el verano con “Atrapados en el hielo” de Caroline Alexander. 300 páginas sobre los esfuerzos de Ernest Shackleton para conseguir sacar con vida a sus hombres del Polo Sur mientras evitaba que se mataran entre si. Incluye las refrescantes fotografías polares de Frank Hurley para hacer más llevadero el calor.

comillasCon la ayuda de Shackleton, Lees consiguió, mientras todavía se encontraba en Punta Arenas, un cargo en el Real Cuerpo de Aviación, en el que se sumó a la causa de adquirir paracaidas para los pilotos, innovación a la que se resistían los oficiales superiores, so pretexto de que la posibilidad de salvarse minaría el espíritu combativo de los pilotos. Para demostrar su eficacia, Lees saltó con paracaídas desde el puente de la Torre, hazaña de la que hablaron los periódicos londinenses. Más tarde se casó con una japonesa; vivió en Japón y Nueva Zelanda y durante la segunda guerra mundial fue espía, una ocupación que encajaba muy bien con su naturaleza cotilla y sigilosa. Quizá fuese la persona más despreciada en la expedición, pero resultar difícil despreciarle de modo póstumo. Sin su angustiado parloteo y sin su compulsiva franqueza, el relato de la expedición sería mas pobre. Murió a los setenta y nueve años en un manicomio; la causa oficial de su muerte en el certificado de defunción era “bronconeumonía. Veinticuatro horas. Degeneración cardiovascular. ¿Senilidad?”. Obviamente, ni siquiera sus médicos lo entendían. Lo enterraron en la sección de veteranos del cementerio de Karori, en la misma franja en la que enterraron a McNish. Los dos hombres se odiaban.

Atrapados en el hielo
Caroline Alexander

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