La teoría de la epifanía según Lionel Trilling

Big Jay McNeely at the Olympic Auditorium, Los Angeles 1951. Via

Big Jay McNeely at the Olympic Auditorium, Los Angeles 1951. Via


comillasLa preocupación de Babel por la forma, por la superficie estética, está, como pronto veremos, totalmente al servicio de su preocupación moral. James Joyce nos enseñó el significado de la palabra epifanía, o aparición. Joyce tenía la teoría de que repentinamente, casi por milagro, mediante una frase o un gesto, una vida rasgaba el velo que envuelve todas las cosas, y aparecía, mostrándose, durante un instante, con lo cual su existencia nos sorprendía. Este concepto de epifanía, en sí mismo, contiene una importante afirmación con respecto a la naturaleza de la vida humana. El concepto nos indica que el hecho humano no domina nuestra existencia, ya que, a fin de que algo aparezca, es preciso que antes dicho algo esté escondido, y el hecho humano está sumergido en el mundo de las circunstancias, y sometido a él, sumergido y sometido al mundo de las cosas.

Tan sólo lo conocemos gracias a vislumbres, cuando surge de los peligros o de las sordideces en que está envuelto. Los escritores que llevan a la práctica la teoría de la epifanía quedan inducidos a aceptar una particular estética. En los relatos de Maupassant, lo mismo que en los de Stephen Crane, de Hemingway, y del Joyce de Gente de Dublin, igual que en los del propio Babel, advertimos que el escritor escribe animado por la intención de crear una forma que será bella y autónoma, en sí misma, y que, al mismo tiempo, reflejará de modo insólito la verdad de la realidad externa, la verdad de las cosas y los acontecimientos. Con este fin, el escritor se fija en un momento determinado, y, cual si fuese hostil a la continuidad del tiempo, únicamente nos cuenta el pasado en tanto en cuanto puede ser imaginado en el presente. En su fidelidad a los hechos, el escritor afecta indiferencia ante los significados y los valores. Parece querer decir que, aun cuando es capaz de relatarnos con insólita exactitud cuanto ocurre, no pretende interpretarlo, apenas pretende comprenderlo, y, desde luego, en manera alguna juzgarlo. Procura que el relato se manifieste por sí mismo, o nos lo cuenta por medio de un narrador que deja claramente sentado que, personalmente, ningún interés tiene en las consecuencias de los hechos.

Lionel Trilling en el prólogo de:
Caballería Roja
Isaak Babel

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