Los inconvenientes de la inmortalidad – Umberto Eco

Kaslito, “Message in a bottle 2.0”, (2012). Via
Kaslito, “Message in a bottle 2.0”, (2012). Via

comillasSi tuviese o pudiese elegir, y tuviera la certeza de que no pasaría los últimos años afectado de alteraciones seniles del cuerpo o del espíritu, diría que prefiero vivir cien y hasta ciento veinte años en vez de setenta y cinco (en esto los filósofos somos como todos los demás). Pero es justamente al imaginarme centenario cuando comienzo a descubrir los inconvenientes de la inmortalidad.

El primer interrogante es si llegaría solo a esta edad tan tardía (único privilegiado), o si esta posibilidad se les ofrecería a todos. Si solo se me concediera a mí, vería desaparecer de mi alrededor, poco a poco, a los seres queridos, a mis propios hijos y a mis propios nietos. Si estos nietos me legaran hijos y nietos suyos, podría unirme a ellos y consolarme con ellos de la desaparición de sus padres. Pero la estela de dolor y de nostalgia que me acompañarían en esta larga vejez sería insoportable, por no hablar del remordimiento de haber sobrevivido.

Y, además, si la sabiduría consistiera, como he escrito, en la convicción creciente de estar viviendo en un mundo de necios, ¿cómo podría soportar mi supervivencia de hombre sabio en un universo de dementes? Y si advirtiera que soy el único que conserva la memoria en un mundo de desmemoriados que han retrocedido a fases prehistóricas, ¿cómo resistiría mi soledad intelectual y moral?

Peor sería aún si, como es probable, el crecimiento de mi experiencia personal fuese más lento que el desarrollo de las experiencias colectivas, y viviese con una modesta sabiduría démodée en una comunidad de jóvenes que me supera en agilidad intelectual.

Aunque lo horrible sería que la inmortalidad y la vida larguísima se concediera a todo el mundo. En primer lugar, viviría en un mundo superpoblado de ultracentenarios (o de milenarios) que privan de espacio vital a las nuevas generaciones, y me encontraría sumergido en un atroz struggle for life, y mis descendientes acabarían deseando verme por fin muerto. Sí, cabría la posibilidad de colonizar otros planetas, pero entonces o tendría que emigrar yo, junto con mis coetáneos, pioneros en la galaxia, preso de una incurable nostalgia de la Tierra, o emigrarían los más jóvenes, dejándonos la Tierra a nosotros, los inmortales, y me encontraría prisionero en un planeta envejecido, farfullando recuerdos con otros ancianos que se habrían vuelto insoportables por su repetición constante e imparable de cosas ya dichas.

¿Quién me dice que no acabaría aburriendo todas aquellas cosas cuyo descubrimiento en los primeros cien años había sido motivo de asombro, maravilla y alegría? ¿Seguiría sintiendo placer al releer por enésima vez la Ilíada o al escuchar sin cesar el Clavicémbalo ben temperato? ¿Seguiría soportando un amanecer, una rosa, un prado florido, el sabor de la miel? Perdrix, perdrix, toujours perdrix…

Comienzo a sospechar que la tristeza que me embarga cuando pienso que, cuando muera, perderé todo mi tesoro de experiencia es parecida a la que siento al pensar que, si sobreviviera, empezaría a aburrirme de esta experiencia opresiva, fanée y tal vez anticuada.

Tal vez es mejor que, durante los años que todavía me sean concedidos, siga dejando mensajes en una botella para los que vengan después, y espere a la que san Francisco llamaba Hermana Muerte.

Sobre los inconvenientes y ventajas de la muerte

A paso de cangrejo
Umberto Eco

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s