La gente del “The Newgate Calendar”: Ashton y Young

Hasta 1949, cuando en Escocia se dictaba una sentencia de muerte debía especificarse la fecha y hora de la ejecución. En 1748, John Young, un sargento condenado a la horca en Edimburgo por falsificación, comprendió la importancia crucial del horario. Su sentencia indicaba que debía morir entre las dos y las cuatro de la tarde, de modo que Young convenció a los guardias de que viniesen a buscarlo a la hora señalada pero le concedieran unos minutos finales de privacidad en su celda. Cuando así lo hicieron, el reo improvisó una barricada ante la puerta.

La esperanza de Young era que si hacía todo lo posible por resistirse y pasaba la hora de ejecución la justicia ya no podría ahorcarle. Varios hombres trabajaron haciendo un boquete en la pared pero ante la impenetrabilidad del muro recurrieron a agujerear el techo, a través del que se introdujeron seis soldados que lograron reducir a Young. Algunos registros dicen que el falsificador logró resistir hasta las cuatro y cuarto.

El sargento John Young fue ahorcado ese mismo día, 19 de diciembre de 1748, a las seis de la tarde. La estrategia de resistirse hasta que pasara la hora de la ejecución se la habían comentado otros prisioneros, la razón por la que no era una alternativa popular era que se creía que la justicia actuaría parando los relojes de toda la ciudad.

A public execution at Newgate - Thomas Rowlandson

A public execution at Newgate – Thomas Rowlandson

Sesenta y seis años más tarde, el espectáculo al que asistieron los londinenses tendría un protagonista menos reticente. El salteador de caminos John Ashton enloqueció en Newgate mientras aguardaba el momento de la ejecución, fijada para noviembre de 1814. Cuando llegó su hora, Ashton subió como una flecha por los peldaños del patíbulo y se puso a saltar en la plataforma mientras daba grandes voces hacia la multitud.

“¡Miradme bien! -exclamó-. Soy lord Wellington.” Aún así lo ahorcaron y, tras desaparecer brevemente trampilla abajo, Ashton reapareció en la plataforma, fortalecido en sus convicciones. Sin dejar de saltar como un poseído junto al capellán, preguntó: “¿Qué me decís ahora? ¿Soy o no soy lord Wellington?”, en medio de los vítores y aplausos de la multitud. Pero el verdugo volvió a subir y lo empujó al vacío.

 Diccionario del Crimen
Oliver Cyriax.

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