Negocio y castigo

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Two people interrupted while reading the “forbidden book” (the Bible?). Wood engraving by M. Klinkicht after K. Ooms.

Las prohibiciones que afectaban a los libros libertinos, lejos de detener la demanda incitaban a los aficionados a procurárselos a cualquier precio. Dice Grimm que en 1748 se pagaron hasta cinco luises de oro por un ejemplar de Thérèse philosophe. Cuando Choiseul prohibió Mejor para ella se vendieron “so capa” cuatro mil ejemplares en quince días. Tan pronto como se permitió la venta pública nadie más lo compró. El síndico de los libreros se alarmó hasta el punto de advertir al teniente de policía Sartine que “la severidad llevaba el precio de un libro de treinta y seis sueldos a dos luises en veinticuatro horas”. Diderot, en la Carta sobre el comercio de librería, lo confirma: “Cuanto más severa era la proscripción, más elevaba el precio del libro y más excitaba la curiosidad de leerlo, más se vendía y más se leía”. Él reveló que muchos académicos y libreros habrían querido decir a los magistrados: “Señores, por caridad, un decretito que me condene”. Y que en las imprentas los obreros aplaudían el anuncio de una condena, gritando alegremente: “¡Bien, tendremos una edición más!”.

Para detener ese intenso tráfico ilegal se adoptaban medidas constantemente. Pero, puesto que los autores no firmaban las obras, no eran ellos quienes se inquietaban, sino los impresores y los vendedores. Los distribuidores de libros filosóficos eran más duramente castigados que los de obras eróticas. En 1768 en vendedor L’Ecuyer proveyó El hombre de cuarenta escudos y El cristianismo sin velos a un dependiente de una tienda de ultramarinos que a su vez lo revendió a su patrón. El vendedor y el dependiente fueron condenados a galeras, lo cual indignó al público. En general se aplicaban las penas más moderadas: la picota, destierro temporal de la ciudad donde el librero ejercía el comercio o encarcelamiento en la Bastilla. Este último punto es significativo. La Bastilla era la prisión de los nobles, y sus ocupantes eran tratados como huéspedes del rey. Instalar a un vendedor ambulante en la Bastilla, en vez de recluirlo en Force o en Châtelet con los delincuentes vulgares significaba que todo aquello relacionado con la literatura, hasta quienes traficaban con ella, estaba ennoblecido. La prisión no duraba más que algunas semanas, Si el vendedor Pasdeloup permaneció cinco años en la Bastilla fue a causa de la demanda de su hermana, una santurrona janseista que de ese modo pensaba asegurar la salvación de su alma.

Historia de la literatura erótica
Alexandrian

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