Las rebajas del arte naif

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L’arte dei bambini – Corrado Ricci

comillasMientras que los lienzos subían, subían, y la naciente gloria del aduanero Rousseau incitaba a los amateurs a descubrir pintores entre los que no eran del oficio -un vendedor de frituras, un zapatero remendón- vi a unos cuantos descubridores que apuntaban a un tal Bambon, un vendedor de chatarra en la Feria de las Pulgas, el cual se había puesto a pintar. Vendía sus cuadros según el tamaño, y en eso tenía algo de común con ciertos pintores célebres. Para dar una idea de sus conciencia profesional, un día en que un amateur fue a su casa para hacer una selección entre sus lienzos más recientes, Bambon retiró del lote un cuadro:
– Le haré una rebaja en éste -dijo-. Honradamente, no puedo ponerle el mismo precio que los demás. No es tan fresco, hace por lo menos dos años que lo he pintado.

Que un lienzo pudiese perder valor al envejecer no lo creía un pastelero de Pontoise, un tal Murer, el cual dejó también su oficio para tomar la paleta. Frecuentaban su pastelería los impresionistas Renoir, Pissarro, Monet, etcétera. Había sido testigo de sus luchas, y luego, de sus nacientes éxitos. Un día, Renoir, que iba a comprar un dulce, vio que echaba los cierres a su tienda.
– Estoy harto de este oficio de cocinero -le dijo al pintor-. He sido tonto por haber esperado tanto tiempo para pintar. Figúrese, una tarta que no se ha vendido a tiempo, hay que rebajarla, mientras que un cuadro no pierde valor, incluso puede aumentar con el tiempo.

Memorias de un vendedor de cuadros
Ambroise Vollard

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El editor que descamisaba campesinas

Copyright Ferens Art Gallery / Supplied by The Public Catalogue Foundation
Frederick William Elwell – El vestido de novia

Ambroise Vollard editó algunas cuidadas ediciones de libros, entre ellas Dafnis y Cloe, y fueron varios los europeos que lo imitaron. Las cuidadas ediciones en ocasiones presentaban  problemas técnicos que necesitaban soluciones ingeniosas:

comillasEn 1902, cuando lancé el Dafnis y Cloe, otro alemán, el conde Kessler, hizo la propaganda más entusiasta de este libro entre sus amigos. Incluso se aficionó tanto a las buenas ediciones que quiso, a su vez, editar, y el primer libro que eligió fue Las Églogas, ilustradas por Maillol e impreso en papel fabricado por el mismo Maillol: el célebre papel llamado de Monval, por el nombre de una aldea de Marly-le-Roy donde se hallaba el estudio del artista. Y como Maillol había observado que el papel fabricado con tela blanqueada con cloro se ponía amarillo con el transcurso del tiempo, no vaciló el conde Kessler en ir a Hungría a buscar personalmente camisas de las campesinas, pues allí se desconocía el uso del cloro.

Memorias de un vendedor de cuadros
Ambroise Vollard

 

Método (fallido) para descubrir la pintura que va a dar dinero por Ambroise Vollard

The Print Collector, c. 1857–1863 - Honoré Daumier. Via
The Print Collector, c. 1857–1863 – Honoré Daumier. Via

comillasAlgunos años después, un holandés, de paso en París, me dijo en el transcurso de una conversación:

—En La Haya tenemos un tipo cuya historia es rarísima. Como huía de la gente y no hablaba con nadie, adquirió fama de ser un espíritu profundo. Sus padres le habían confiado la administración de su fortuna. Tras una estancia bastante larga en París, volvió a su tierra con cajones llenos de cuadros, pero sólo le quedaban algunos florines en el bolsillo. Sometieron sus adquisiciones a los peritos. Éstos declararon unánimemente que, en el lote, los cuadros antiguos, o que pasaban por antiguos, demostraban que era un ignorante en la materia, pero, en cambio, los lienzos modernos sólo había podido adquirirlos un loco. Después de consultar a unos psiquiatras, recluyeron al amateur.

—¡Caramba! ¿No se tratará de mi holandés? —pensé para mis adentros.

En efecto, era él. Al morir este extraño personaje, unos diez años más tarde, se apresuraron sus padres a liquidar el lote de lienzos, que la ley había prohibido tocar durante la reclusión del hijo. Cuando los vendieron, un Van Gogh pasó de los treinta mil francos. Los Cézanne se dejaron a un lado por temor de espantar al público. Cuando se decidieron a enseñarlos, se los disputaron los más grandes coleccionistas.

Esta noticia se divulgó y exaltó hasta tal punto a algunos que llegaron a creer que los locos poseían un olfato especial para descubrir la pintura que iba a dar dinero. En vista de ello —casi no puede creerse— se constituyó una sociedad que reunió un capital y eligió a un deficiente mental, el cual fue enviado a París, acompañado por un delegado, que llevaba la misión de comprar los cuadros indicados por el bobo. Pero éste mostró una indiferencia total por la pintura y se negó terminantemente a visitar las exposiciones, galerías y estudios, por lo cual debieron renunciar al experimento.

Memorias de un vendedor de cuadros
Ambroise Vollard

En el estudio de Renoir – Ambroise Vollard

Seated Girl, 1883 - Pierre-Auguste Renoir Via
Seated Girl, 1883 – Pierre-Auguste Renoir Via

comillas[Ambroise Vollard visita el estudio de Renoir] Renoir me llevó a una de las más vulgares habitaciones: un caballete, dos o tres muebles dispares, un montón de telas y varios sombreros de paja que al pintor le gustaba arrugar entre los dedos antes de que empezaran a posar las modelos. Por todas partes, lienzos, vueltos del revés, unos contra otros. Observé junto a la silla de la modelo, una pila de números de la Revue Blanche, una publicación de vanguardia.
– ¡Es una revista muy interesante! -exclamé.
– ¡Ya lo creo! Me la manda mi amigo Natanson.
Y, al extender yo la mano, Renoir dijo con viveza:
– No me las desarregle, están puestas así para sostener el pie de mi modelo.

Memorias de un vendedor de cuadros
Ambroise Vollard

El señor Dumesnil ve el retrato de Gasquet

Joachim Gasquet  (1896) - Cézanne. Via
Joachim Gasquet (1896) – Cézanne. Via

comillasCezanne hizo un retrato de Gasquet, que se encuentra en el Museo de Praga. Recuerdo que el antiguo profesor de filosofía del poeta, el señor Dumesnil, después de haber contemplado este lienzo durante un gran rato en mi tienda, exclamó:
– ¡Qué cosa más extraña! Yo creí conocer bien a Gasquet, pero delante de este retrato, comprendo que el verdadero Gasquet no es tan ingenuo como me figuraba.

Memorias de un vendedor de cuadros
Ambroise Vollard

París

Eugène Atget - Paris. Via
Eugène Atget – Paris. Via

comillasPero no soy el único sobre quien el encanto de París no obra a la primera vez. Tuve de criada a una muchacha campesina sorprendentemente silenciosa. Me encantaba su mutismo, y lo consideraba como una buena cualidad, cuando al cabo de varias semanas de estar a mi servicio, se me presentó una mañana con el sombrero puesto y su maleta en la mano.
– Vengo a decirle al señor que me marcho.
– ¿Eh?… ¿Qué le ocurre?… ¿No se halla bien aquí?
– No, señor. Este París de ustedes es demasiado triste. En mi tierra puedo hablar con toda la gente; aquí nadie se fija en mi. Luego, que por mucho que se pasee una, las calles son todas iguales. Aquí me muero de aburrimiento… Tengo que volver allá…

Memorias de un vendedor de cuadros
Ambroise Vollard

La maldición de Harpignies

Morning in the Nievre - Henri Harpignies. Via
Morning in the Nievre – Henri Harpignies. Via

El tratante de arte Ambroise Vollard cuenta en sus memorias los problemas que tenían algunos pintores que no podían evocar lo ya visto y tenían que recurrir a modelos. El artista John Lewis-Brown le explica que frente a Degas o Daumier que son capaces de pintar “de memoria” él necesita un modelo:

comillas– […] Yo, que no tengo semejante facultad de evocar lo visto -continuó Lewis-Brown- tengo que utilizar caballos de verdad. Afortunadamente, tengo un jardín.
– Pero, para los desnudos -dije con bastante ingenuidad- no emplea Degas mujercitas de madera.
Y Lewis-Brown me replicó:
– Al ser humano se le pueden ordenar las actitudes que se desee; y Degas, puede usted creerme, no guarda muchos miramientos a sus modelos en cuanto a las posiciones que les obliga a tomar. Y, a propósito de modelos desnudas, verá usted: un día había ido yo a ver a Harpignies. Después de haberme enseñado unos paisajes, me dijo con aire algo misterioso: “Venga por aquí”. Y me condujo a su dormitorio. Una criatura magnífica dormía en el lecho de espaldas a nosotros. “Fíjese en esto”, dijo Harpignies. Y descubrí un estupendo par de muslos. “¿Eh? ¡Qué tentación para un pintor!… Y que yo sea paisajista!”

Memorias de un vendedor de cuadros
Ambroise Vollard