La normalidad de los hechos importantes

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Una mujer sirve una taza de té a un soldado británico durante los combates posteriores al desembarco de Normandía (Lisieux, 22 de agosto de 1944) Via

8 de abril de 1941

Acabo de leer La batalla de Gran Bretaña, el best-seller del ministro de Información. Había una demanda tal que durante unos días no ha habido ejemplares. Dicen que lo ha escrito Francis Deeding, escritor de novelas de suspense. Es el primer recuento oficial, por lo menos en inglés, de la primera gran batalla de la historia desarrollada en el aire. Dado que lo están traduciendo a muchas lenguas, y que sin duda será leído en todo el mundo, es una pena que no hayan tenido el sentido común de evitar la nota propagandística. El panfleto está lleno de “heroísmo”, “hechos gloriosos”, etc. y se habla de los alemanes con menosprecio. ¿Por qué no se han limitado a dar un recuento frío y adecuado de los hechos, que al fin y al cabo ya son muy favorables? Gran Bretaña ha perdido la oportunidad de producir algo que se aceptaría en todo el mundo como un  trabajo serio y que se utilizaría para contrarrestar las mentiras alemanas.

Lo que me ha impresionado al leer La batalla de Gran Bretaña es que, al comparar las fechas del libro con las correspondientes en este diario, he comprobado que los grandes hechos “épicos” nunca parecen muy importantes en su momento.

Diario de guerra
George Orwell

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Recuerdos de una librería – Orwell

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“Comparació de Catalunya ab Troya”. (Grab. Hombre joven con un halcón y un perro bajo un árbol, un viejo le golpea con un libro, un castillo a lo lejos) (barcelona en la estampa de Jaume Romeu, 1641) A  cols., sign. A, 4 hs. PARIS, BN Yg 1468. [Los “pliegos de cordel” en la bibliotecas de París, Carolina Lecoq Pérez]

comillasCuando trabajé en una librería de viejo —establecimiento que se suele imaginar, cuando no se trabaja en él, como una especie de paraíso en el que unos encantadores caballeros de edad curiosean entre infolios encuadernados en piel—, lo que más me llamó la atención fue la escasez de personas realmente aficionadas a los libros. Nuestra tienda tenía un surtido de interés excepcional, pero yo dudo que el diez por ciento de nuestros clientes supiesen distinguir un libro bueno de uno malo. Eran mucho más numerosos los esnobs de las primeras ediciones que los amantes de la literatura; más numerosos aún eran los estudiantes orientales que regateaban por los libros de texto baratos, y las más numerosas eran las mujeres despistadas que querían un regalo para el cumpleaños de un sobrino.

Muchas personas de las que nos venían habrían sido una pesadez en cualquier parte, pero en una librería lo tenían mucho más fácil. Por ejemplo, la simpática ancianita que pide “un libro para una persona inválida” (petición muy habitual), y la otra simpática anciana que leyó un libro muy bonito en el año 1897 y pregunta si se le puede conseguir un ejemplar. No recuerda el título ni el nombre del autor, ni el tema del libro, pero recuerda que tenía las tapas rojas.

Una buena taza de té
George Orwell

Orwell propagandista

Cita

En 1941 George Orwell empezó a trabajar para la BBC en tareas propagandísticas. Algunas de las experiencias en este servicio las relata en el Diario de guerra (1940-1942):

14 de marzo de 1942

Llevo unos seis meses en la BBC. Si los cambios políticos que preveo se producen, seguiré aquí; en caso contrario, probablemente me iré. La atmósfera oscila entre un colegio de niñas y una casa de locos. Todo lo que hacemos en este momento es inútil, o peor que inútil. Nuestra estrategia radiofónica es todavía más desesperanzadora que nuestra estrategia militar. Con todo, uno se vuelve propagandista y desarrolla una astucia que no tenía antes. Por ejemplo, regularmente manifiesto en mis partes que los japoneses están conspirando para atacar a la Unión Soviética. No creo que sea el caso, pero el cálculo es el siguiente: Si los japoneses atacan a la Unión Soviética podremos decir: “ya os lo decía yo”. Si los soviéticos atacan primero, como hemos fabricado un complot japonés de antemano, podemos pretender que la iniciativa partió de los japoneses. Si no hay guerra, podemos aducir como causa que los japoneses tenían demasiado miedo a la Unión Soviética.