Diez

01.- Los libros que provocaron una frenética búsqueda del tesoro: «Mascarada» y «El Secreto»

02.- A Fashion Puzzle: Un manual de censura inglés de la II GM indica que este dibujo contiene un mensaje secreto, en morse y escondido en el vestidos. También la firma oculta información. Por desgracia el manual no explica donde se encuentran estos mensajes.

03.- El misterio de las estatuas egipcias sin nariz. Buena parte de las estatuas del antiguo Egipto han llegado hasta nosotros mutiladas. Un egiptólogo propone ahora que la destrucción de las narices fue un acto premeditado y mantenido durante siglos.

04.- Resuelto el misterio de por qué aparecían teléfonos de Garfield en la costa francesa.

05.- «Este monstruo horrible apareció en la Laguna de Tagua en la estancia de D. Próspero Elso en el Reino de Chile en la cual hacia mucho daño comiendo y matando cuanto animal iba a beber a dicha Laguna». Monster Brains

06.- 5 Urban Legends (That Have Totally Been Solved By Science)

07.- La desaparición de la Expedición Leichhardt que dejó anagramas indescifrables en los árboles.

08.- El brutal asesinato de una joven en Pekín y la “batalla literaria” para identificar al asesino.

09.- Salem es una pintura de 1908 del pintor inglés Sydney Curnow Vosper, que representa una escena dentro de la capilla bautista de Salem en Pentre Gwynfryn, en el norte de Gales. Es digno de mención como representación de la piedad galesa, el traje nacional tradicional galés y por la creencia de que el demonio está representado en él.

10.- El misterio de Roopkund, el lago helado que escupe restos humanos una vez al año.

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La teoría de la epifanía según Lionel Trilling

Big Jay McNeely at the Olympic Auditorium, Los Angeles 1951. Via
Big Jay McNeely at the Olympic Auditorium, Los Angeles 1951. Via

comillasLa preocupación de Babel por la forma, por la superficie estética, está, como pronto veremos, totalmente al servicio de su preocupación moral. James Joyce nos enseñó el significado de la palabra epifanía, o aparición. Joyce tenía la teoría de que repentinamente, casi por milagro, mediante una frase o un gesto, una vida rasgaba el velo que envuelve todas las cosas, y aparecía, mostrándose, durante un instante, con lo cual su existencia nos sorprendía. Este concepto de epifanía, en sí mismo, contiene una importante afirmación con respecto a la naturaleza de la vida humana. El concepto nos indica que el hecho humano no domina nuestra existencia, ya que, a fin de que algo aparezca, es preciso que antes dicho algo esté escondido, y el hecho humano está sumergido en el mundo de las circunstancias, y sometido a él, sumergido y sometido al mundo de las cosas.

Tan sólo lo conocemos gracias a vislumbres, cuando surge de los peligros o de las sordideces en que está envuelto. Los escritores que llevan a la práctica la teoría de la epifanía quedan inducidos a aceptar una particular estética. En los relatos de Maupassant, lo mismo que en los de Stephen Crane, de Hemingway, y del Joyce de Gente de Dublin, igual que en los del propio Babel, advertimos que el escritor escribe animado por la intención de crear una forma que será bella y autónoma, en sí misma, y que, al mismo tiempo, reflejará de modo insólito la verdad de la realidad externa, la verdad de las cosas y los acontecimientos. Con este fin, el escritor se fija en un momento determinado, y, cual si fuese hostil a la continuidad del tiempo, únicamente nos cuenta el pasado en tanto en cuanto puede ser imaginado en el presente. En su fidelidad a los hechos, el escritor afecta indiferencia ante los significados y los valores. Parece querer decir que, aun cuando es capaz de relatarnos con insólita exactitud cuanto ocurre, no pretende interpretarlo, apenas pretende comprenderlo, y, desde luego, en manera alguna juzgarlo. Procura que el relato se manifieste por sí mismo, o nos lo cuenta por medio de un narrador que deja claramente sentado que, personalmente, ningún interés tiene en las consecuencias de los hechos.

Lionel Trilling en el prólogo de:
Caballería Roja
Isaak Babel

Limitación

Viñeta del impresionante Tom Gauld. Via
Viñeta del impresionante Tom Gauld. Via

comillasEstoy seguro de que no soy un gran novelista porque solo se plasmar sobre el papel tres clases de personas: la persona que creo que soy, la persona que me irrita y la persona que quisiera ser. Cuando lees a los grandes de verdad como Tolstoi ves que ellos las pueden plasmar de todo tipo.

E. M. Forster

Documental:
La novela británica. Epis. 1: Entre las ruínas

El burdel aburrido

La nouvelle pornographie - Lewis Trondheim
La nouvelle pornographie – Lewis Trondheim

comillasÉmile Zola continúa haciendo visitas a la casa de la proxeneta Louise Brémond, calle de Bréda número 4, no para tener relaciones con sus clientas, sino para recoger -probablemente para un libro- sus impresiones y recuerdos.
Al parecer, insiste sobre todo para saber si esas mujeres tienen chulos y por qué los tienen. Dicen que nunca se siente satisfecho con lo que le cuentan, porque no encuentra las cosas lo bastante escabrosas.
– Informe de la brigada social de la policía francesa, 3 de julio de 1891

Policía secreta, secretos de policía
Jacques de Launay

Tres relatos frustrantes

Via Decorso Lento
Via Decorso Lento

En el sentido clásico histórico, existen tres historias cortas que son auténticos enigmas, La primera siguiendo un orden cronológico, es Romance Medieval Espantoso y Terrible, de Mark Twain, (1871), y por lo que sabemos, ni Twain ni ningún otro autor ha escrito una solución o secuela a ese misterio.

La segunda es la sorprendente ¿La Dama o el Tigre? (1884) de Frank R. Stockton: pero la propia “continuación” del autor acababa en una situación igualmente imposible, y no se hizo popular. Sin embargo, Jack Moffit, en su La Dama y el Tigre (publicada en esta revista en 1948) no solamente revelaba quién salió por la puerta abierta, sino que lo hacía de forma tan convincente, que en todos estos años no hemos recibido ni un solo voto en contra de nuestros lectores.

La tercera de las historias es La Tarjeta Misteriosa, de Cleveland Moffet (1896). Al igual que Stockton, Moffet intentó escribir su propia explicación, titulada “La Misteriosa Tarjeta sin Descubrir”, pero su solución a lo que constituyó una auténtica leyenda en aquella época no obtuvo la aprobación de los lectores.

Presentación del relato El espía y la tarjeta misteriosa de Edward D. Hoch una solución a la historia La Tarjeta Misteriosa que no me satisface y que se puede encontrar en la edición española del Ellery Queen’s Mystery Magazine (nº 1, 1976).

La mejor biblioteca del mundo

La lectura de Acabar de una vez por todas con las lecturas obligatorias me lleva a preguntarme por qué mi experiencia con las lecturas obligatorias no es nada negativa ¿tuve suerte en los libros que me tocaron? Incluso la hora de la lectura en silencio la recuerdo rota con una incontrolable risa de Fandiño, pero risa de esa que al final te duele la barriga, que no parecía que fuera a terminar. La profesora miraba sorprendida al alumno que por mucho que lo intentaba no podía parar de reir. Cuando lo consiguió y se secó las lagrimas de los ojos se justificó con un: “Mi madriña, vaya hostión se pegó el ciego”. Estábamos leyendo, por supuesto, el Lazarillo.

No se si un profesor de Lengua siente más orgullo cuando ve que sus alumnos saben diferenciar las coordinadas de las subordinadas, colocar bien las tildes (lo siento) o conjugar correctamente los verbos (lo siento mucho, de verdad) pero esa expresión visceral, incontrolable y poco correcta políticamente estoy seguro que alegró más a mi profesora que una enumeración correcta de los amos del Lazarillo. A lo mejor fueron profesores así los responsables de que nunca existiera para mi eso de las lecturas obligatorias. Uno de ellos, sin duda el más sabio, me castigó cuando confundí ejercer la crítica literaria con el spam. Esta es la historia.

'Great Explorers of Africa. With illustrations and map'. Via Flickr
‘Great Explorers of Africa. With illustrations and map’. Via Flickr

En 4º de EGB creamos nuestra biblioteca en clase llevando cada niño un libro o cómic que quedaba en depósito durante el curso. Los libros podían ser de cualquier tema, formato o extensión y recuerdo ver algún volumen de Novelas Ilustradas, tomos sueltos de la Biblioteca de Los Jóvenes Castores, tebeos de superhéroes y “libros-libros”. La biblioteca tenía algunas normas:
1.- Todos los libros llevan el nombre del propietario (se había dedicado una clase de “Expresión artística” a protegerlos).
2.- Cada viernes por la tarde se llamaba por filas (cada vez una diferente) y cada uno escogía un libro. Estabas obligado a elegir y llevarte el libro de la biblioteca sin embargo no estabas obligado a leerlo. Si querías dejar el libro bajo el pupitre y entregarlo el lunes no pasaba nada.
3.- Los libros se entregaban la siguiente semana, a más tardar el jueves, pero si por alguna razón necesitabas más tiempo podías solicitarlo al profesor. La condición casi siempre era que informaras al propietario en qué parte estabas y que él diera el visto bueno.

El libro que dejé en la biblioteca era una versión de La isla del tesoro que contaba la historia en las páginas pares con texto y en las impares con viñetas. Tenía buena salida y era raro que si salías en la tercera o cuarta fila estuviera todavía en la Biblioteca, había un gran de orgullo en el hecho de que tu libro fuera uno de los más populares. Otros no tenían tanta suerte y quedaban siempre para el final pese a los esfuerzos de sus propietarios, tus compañeros, por convencerte de que eran buenos. A veces el tamaño, a veces la portada, a veces el “todo texto”, a veces porque era el libro del chapón de la clase y de allí no podía salir nada bueno…

En otras ocasiones te llevabas el libro porque era el de un amigo aunque no pensabas leerlo. Yo lo hice. Incluso cumplí con las trámites que consistían en levantar el libro y mirar para su avalista mientras volvías a tu asiento donde lo abrías con expresión de interés mientras pensabas “esto lo guardo en la mochila y lo devuelvo el martes”. Ocurría, en ocasiones, que el paripé de la atención que te obligaba picotear las primeras líneas te enganchaba y entendías los esfuerzos del propietario porque lo leyeras. Cobraba sentido el entusiasmo de algún apologista de quien creías que sólo decía que el libro le gustaba para que su dueño, que también traía el balón al colegio, lo escogiera antes cuando se hacían los equipos de fútbol.

La siguiente semana mientras esperabas que llamaran a tu fila llamabas la atención de tus mejores amigos en el turno de los que ya elegían:
– ¡Pschh! ¡Seoane! ¡Seo! coge “El zoo de Pitus” que está muy bien.
Un castigo de un lunes sin recreo me costó mi dedicación a la crítica literaria.

Nadie le quite, pena de excomunion mayor

La Carta de los inquisidores de Galicia mandando expurgar y prohibiendo algunos libros y papeles (1805) es una breve relación de libros prohibidos y obras a expurgar junto con un breve texto final que indica como se debe proceder de tener alguna de las obras mencionadas y las penas que se imponen de no cumplir con estas órdenes. No es un texto muy específico sobre el “delito” de cada libro pero algunas de las críticas hoy se colocarían en una banda roja alrededor del volumen para aumentar las ventas:

Fragmento de Carta de los inquisidores de Galicia mandando expurgar y prohibiendo algunos libros y papeles (1805)
Fragmento de Carta de los inquisidores de Galicia mandando expurgar y prohibiendo algunos libros y papeles (1805)

Encuentro más interesante el apartado dedicado a la expurgación donde dejan muy claro que es aquello que les molesta:

Fragmento de la Carta de los inquisidores de Galicia mandando expurgar y prohibiendo algunos libros y papeles (1805)
Fragmento de la Carta de los inquisidores de Galicia mandando expurgar y prohibiendo algunos libros y papeles (1805)

Enlace:
Galiciana – La Carta de los inquisidores de Galicia mandando expurgar y prohibiendo algunos libros y papeles (1805)

Agradecimientos envenenados

Una de las secciones de crítica más importantes e influyentes del mundo, el New York Times Book Review (una de esas secciones que pueden hacer de una obra un superventas o un fracaso miserable), tiene como política (bastante lógica, a mi parecer) no permitirle a ninguno de sus empleados que realice reseñas de un libro si han aparecido en los agradecimientos, para evitar amiguismos innecesarios. Esto, a su vez, se ha convertido en una herramienta de poder para el escritor: si teme los ataques maléficos de algún crítico agresivo, no tiene más que mencionarlo en los créditos. Del mismo modo, si espera la reseña de algún profesional en particular, debe tener cuidado de no incluir su nombre.

vía La página de agradecimientos (I) | Lecturalia Blog.

Literatura (otra definición estúpida)

Flirteando en el Cafe, Florencia (Italia, 1951). Via Vintagephoto
Flirteando en el Cafe, Florencia (Italia, 1951). Via Vintagephoto

Una forma muy sencilla, pero no más estúpida que las otras, de entender lo que fue la novela en sus orígenes, es limitarse a concebirla como el relato de los procedimientos utilizados para que un hombre y una mujer copulen, con los problemas derivados para ellos dos y para los demás, de ese ayuntamiento. Lo que, tratándose de lagartos o de ciervos no pasa de ser Historia Natural, tratándose de hombres se convierte en Literatura.

Arturo Rey
Felipe Mellizo

Las posibilidades literarias de las cajas de palomitas vacias

bundy

Los asesinos en serie me aburrían e irritaban. Constituían una rareza estadística en la vida real, pero una auténtica peste en los medios de comunicación. Novelas, películas y espectáculos televisivos los celebraban como monstruos y explotaban su potencial en sencillas tramas de suspense. Los asesinos en serie eran unidades de maldad autocontenidas, el contraste perfecto para el policía tópico con los nervios de punta. La mayoría de esos psicópatas sufrían espantosos traumas infantiles. Los detalles daban para un buen psicodrama y les proporcionaban cierta aura de víctimas. Los asesinos en serie eran folladores compulsivos y drogados y niños maltratados por dentro. Asustaban de entrada y eran tan prescindibles como una caja de palomitas. Sus impulsos hiperbólicos absorbían a lectores y espectadores y los distanciaban de su propio arrebato fantasmal. Los asesinos en serie eran muy poco prosaicos. Eran mundanos, ingeniosos y fríos. Hablaban con un eco nietzscheano. Eran más atractivos sexualmente que el retorcido cabrón que había matado a dos mujeres por lujuria y pánico y había aplicado la presión exacta a un gatillo de dos tiempos.

Yo también saqué partido de los asesinos en serie. En mis tres novelas los rechacé a sabiendas. Eran buenos figurantes para una trama, pero pura basura literaria desde cualquier otro punto de vista.

Mis rincones oscuros
James Ellroy