Algunos recuerdan vidas pasadas…

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Rene Magritte, Le Drapeau Noir. Via

comillasAlgunos recuerdan vidas pasadas, yo recuerdo una vida presente muy, muy distinta. Sé que nadie nunca ha dicho algo semejante, pero sospecho que no soy el único, aunque puede que sí sea el único dispuesto a contarlo – Philip K. Dick

Los mundos de Philip K. Dick
Documental

Recuerdos de una librería – Orwell

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“Comparació de Catalunya ab Troya”. (Grab. Hombre joven con un halcón y un perro bajo un árbol, un viejo le golpea con un libro, un castillo a lo lejos) (barcelona en la estampa de Jaume Romeu, 1641) A  cols., sign. A, 4 hs. PARIS, BN Yg 1468. [Los “pliegos de cordel” en la bibliotecas de París, Carolina Lecoq Pérez]

comillasCuando trabajé en una librería de viejo —establecimiento que se suele imaginar, cuando no se trabaja en él, como una especie de paraíso en el que unos encantadores caballeros de edad curiosean entre infolios encuadernados en piel—, lo que más me llamó la atención fue la escasez de personas realmente aficionadas a los libros. Nuestra tienda tenía un surtido de interés excepcional, pero yo dudo que el diez por ciento de nuestros clientes supiesen distinguir un libro bueno de uno malo. Eran mucho más numerosos los esnobs de las primeras ediciones que los amantes de la literatura; más numerosos aún eran los estudiantes orientales que regateaban por los libros de texto baratos, y las más numerosas eran las mujeres despistadas que querían un regalo para el cumpleaños de un sobrino.

Muchas personas de las que nos venían habrían sido una pesadez en cualquier parte, pero en una librería lo tenían mucho más fácil. Por ejemplo, la simpática ancianita que pide “un libro para una persona inválida” (petición muy habitual), y la otra simpática anciana que leyó un libro muy bonito en el año 1897 y pregunta si se le puede conseguir un ejemplar. No recuerda el título ni el nombre del autor, ni el tema del libro, pero recuerda que tenía las tapas rojas.

Una buena taza de té
George Orwell

La protección antifalsificación del Louvre

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Guy Isnard, uno de los primeros policías especializados en arte, organiza una exhibición de falsificaciones en el Grand Palais (París, 1955). Via

comillasEl Louvre facilitaba la presencia de pintores aficionados, permitiéndoles copiar a los maestros y guardar sus caballetes y sus cajas de pinturas en los abundantes armarios y hornacinas que se abrían en el revestimiento de las paredes. Pero con una condición: ningún lienzo podía ser del mismo tamaño que el original. Era un intento modesto, y bastante ineficaz, de evitar las falsificaciones, endémicas en toda Europa. El coleccionismo se había convertido en uno de los deportes favoritos de los potentados norteamericanos, y el mercado del arte, verdadero o falso, estaba alcanzando cotas extraordinarias.

El robo de la sonrisa.
¿Quién se llevó la Gioconda del Louvre?
R. A. Scotti

Esclavitud en España: un aviso y una prohibición

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Diario Mercantil de Cádiz, 22 de enero de 1818

comillas[Esclavos africanos en España, s. XVI] Algunos propietarios los ponían a trabajar fuera de casa en cualquier oficio y les dejaban quedarse con una parte del sueldo. En Sevilla una mujer tenía ochenta y tres esclavos que se desempeñaban fuera de la casa y le entregaban casi todo el jornal. Desempeñaban oficios como  criadas de monja, esparteros, curtidores, aguadores, mozos de carga o verdugos. Algunas profesiones les estaban vedadas, como la de carpintero, para cuyo desempeño había que se hijo de cristiano.

Españoles en África
Fernando Ballano

Lectores y realidad – Moebius

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comillasLa única manera de permitir que el lector se identifique con el personaje es que de la espalda a la realidad. Es decir, que no comprenda nada ni quiera comprender y que hasta el último momento niegue lo que pasa, que viva en la más absoluta negación. Esa es la única forma de llegar al lector de hoy en día.

Jean Giraud

Moebius Redux
Documental

Xoan Pardo de Castro

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Fritz Lang “M” (1939) – Via

comillasAo principio aínda certas querencias o encamiñaban cara ao mal. Así, un día ensinoulle a un home sete maneiras que hai de matar sen ser visto desde o ceo. Outra vez explicoulle a un frade grandísimo pecador tres pecados que ignoraba. Tamén puso no allo da cuestión de cómo apalpar a alboratada carne dunha moza ser ofender a El Señor, a un cura velliño, todo choroso e consumido, que aínda non fora capaz de afogar unha paixón que lle quedaba e a persistencia e a intensidade da cal o tiñan ameazado cunha temida condenación eterna.

Os escuros soños de Clío
Carlos Casares