Clases de ruso

Yo había aprendido ruso en Barcelona cuando tenía diecisiete años. Tenía como profesor a un refugiado que había sido hasta la Revolución de 1917 oficial de la Guardia Imperial. Se llamaba Illia (o Elías) de Osten Drissen y aseguraba que llevaba el título de barón. Yo le llamaba así, barón de Osten Drissen, y él parecía muy contento con su nombre. En la época en que le traté, el barón era muy pobre; vivía de dar algunas, muy pocas, clases particulares de ruso, que entonces no era en España un idioma popular, precisamente; pero Osten Drissen tenía todo el porte de un aristócrata, un aire arrogante y ademanes caballerescos.

Me contaba que los oficiales de la guardia del zar se batían a menudo en duelo. Nunca decía que él lo hubiera hecho, pero lo insinuaba. Un día me dijo, poniéndose en pie e imitando los gestos del duelo: “El acero se hunde en el cuerpo del contrario como en la mantequilla”. Otro día me hizo ver cómo cubrirse  en un duelo a pistola cuando le tocaba disparar al adversario. Había que ponerse de perfil, proteger el corazón con el brazo flexionado y colocar la pistola sobre el lado expuesto de la cara, cubriendo la sien.

Mis picas en Flandes (Memorias)
Luís Carandell

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